“Un poeta tiene que estar enamorado hasta el último momento de su vida” Pablo Neruda
“La poesía es el género de la sinceridad última e irreversible” Mario Benedetti
“Grande o pequeño, todo hombre es poeta si sabe ver el ideal, más allá de sus actos” Ibsen
"Un poeta es un mundo
encerrado en un hombre"
Victor Hugo
"Soltar todo y largarse. Qué fascinante volver al santo oficio de la veleta, desnudando la vida como un bergante y soñando que un día serás poeta" Silvio
"El amor duerme en
el pecho del poeta"
Federico García Lorca
"El verso más bonito
del poema más corto
sólo tiene dos palabras:
¡Te Quiero!"Shakespeare
"La poesia,
como toda expresion
del alma,
es liberacion"
Jaime Bodet
“La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos” Tagore
“Hay que saber que no existe país sobre la tierra donde el amor no haya convertido a los amantes en poetas” Voltaire
“El amor es un poema enteramente personal” Honoré De Balzac
“La poesía no existe, sino porque encuentra su eterna realidad en los más bellos instintos del corazón humano” Franz Liszt
“La poesía hace el relámpago y el poeta se queda con el trueno atónito en las manos, su sonoro poema deslumbrado. Creer lo que no vimos dicen que es la fe. Crear lo que no veremos, esto es la poesía” Gerardo Diego
“El arte hace los versos, pero sólo el corazón es poeta” Andrea Chénier
“La poesía es el punto de intersección entre el poder divino y la libertad humana” Octavio Paz
“La poesía es un arma cargada de futuro” Gabriel Celaya
"Ningún escritor joven desea tanto la crítica constructiva como la alabanza" Hill
“La poesía no quiere adeptos, quiere amantes” Lorca
“Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro” Paz
“En el fondo, un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida” Warren
“El hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro” Goethe
“No es que el poeta busque la soledad, es que la encuentra” Rosario Castellanos
¿Qué es correcto después de todo? ¿Cuándo algo deja de serlo? ¿Es este el momento correcto o por alguna razón ya dejó de serlo? Y si esta no es la ocasión, entonces ¿por qué tiemblan mis manos, por qué se detiene el mundo por completo?; si no es la mejor ocasión, entonces ¿por qué se desvanecen las palabras más bellas, cómo es que se acelera mi pulso y mis ojos ya no responden, ya no regresan?
No es prudente el aquí, no alcanza el ahora ni la inmensidad de un segundo, allí no es bueno esperar tanto, ya no basta llegar hasta el dolor de ser. Pero, ¿cuál es el límite entre aquel dolor irremediable y lo que se supone que es amor? Todo parece indicar que esa frontera resulta infranqueable, al menos para mí; y en el caso que no fuera así ¿dónde encontrar la formula capaz de evaporar un pasado empapado de recuerdos y deseos?
¿Acaso es el futuro un vano consuelo del suicidio? Creí que lo que vendría sería sin dudas el comienzo, mas fue en la prisa una necesidad de fe y terminó siendo un grito al silencio, en fin un vástago de necedad. Sin embargo, el necio cae una y otra vez en la esperanza (que nunca descarta ese tal vez); el necio no por ello poco sabio, es en sí un pasajero en espera de algo mejor.
Si al ayer uno ya no puede volver (aunque muchos lo siguen intentando aún), y bien sabido es que lo siguiente tropieza siempre con la incertidumbre y acaba siendo más de una vez demasiado tarde; ¿nos queda hoy alguna oportunidad? Entre tantas preguntas y tan pocas respuestas; entre tantas dudas y tan pocas certezas. ¿Seremos hoy lo que en el pasado no pudimos? ¿Seremos hoy lo que a cada instante se posterga?
De alguna manera hoy es el tiempo indicado para un hombre nuevo, no como oposición a lo viejo sino más bien como un compromiso con la idea de crecer. Un hombre que se descubra un poco más humano, que encuentre en sus contradicciones un impulso al cambio, que luche por lo justo, que se juegue por sus sueños, que sea valiente y enfrente a sus miedos. Un hombre que más allá de las preguntas, cree sus propias respuestas.
En primavera suelen florecer las damas del polen, que se posan elegantes sobre verdes altares; y no resulta extraño que en el aire flote una aroma a frenesí, que despierta aquellos deseos acurrucados en los lugares más intricados por el frío del invierno. Pero aquella vez hasta la naturaleza se volvió tan volátil que olvidó abrir sus ojos, entonces la primavera oscureció un día antes de lo previsto y el cielo lloró de una manera especial, como nunca antes lo había visto. Luego sobrevino una noche cerrada que nadie se ha atrevido abrir; por la mirilla se deja entrever una luz distante y la sombra de una señora vendada.
Pero todos formaban parte de una gran alucinación y en la complicidad de una inconciencia colectiva se fue gestando el genocidio del hambre; la exhibición de la ignorancia elegante que era festejada en cada rincón, en toda ocasión. Sus mentiras cubrieron la realidad de fútiles deseos y la traición se convirtió de alguna manera u otra en un secreto a voces, en un juego perverso lleno de ciegos. Y bebieron todos juntos del veneno, nunca dudaron que aquel verdoso brebaje y uno a uno fueron cayendo. Al vacío al fin conseguido había que taparlo con lo que quedaba del desperdicio, con restos de frivolidad desechada junto al río. Entonces las estaciones conocieron el polvo del olvido, las entrañas de la tierra fueron profanadas por manos ajenas que satisfechas se refrotaban con impaciencia. Poco a poco el cielo se tornó gris y negro, mas bien un desierto sin sol, un fresco seco plasmado en una pared descarada después de tanto tiempo de silencio.
Enajenaron los sueños de aquel pueblo y ya no había elixir para tanto dolor y engaño. Las calles hambrientas y furiosas empezaron a murmurar un desprecio, y el desprecio por aquello que se creía bueno fue un ruido atronador, un infierno elevado que ya nada sabía de perdón, de razón. La bestialidad, por su puesto no se hizo esperar, pues sus palos volvieron a golpear a quien nada tiene y todo da, y sus caballos atropellaron mientras los disparos impactaban en el abandono más cruel. Una vez más rojas fueron las consecuencias de sus ambiciones, rojas quedaron las calles de las indecisiones, rojas las vidas que se perdieron. Mas el grito no calló y llegó al cielo gris y negro, allí donde un ave sin alas huyó sin decir adiós, voló sin pensar en el pasado si después de todo nada nuevo pasó.
Aún en un cielo moribundo y oscuro, hay estrellas y luces; y si bien aquella vez lo poco y lo mucho sedesmoronó, quedó claro cuan peligroso puede ser la unión, la certeza de saber quienes son en realidad y la conciencia, ajena a una simple permanencia, como sendero de libertad. Mas ahí están, retratados bajo la indecencia de estar sentados y decidiendo su propia suerte, y amparados por la muerte y la mentira que anidan en sus vidas desde siempre. Ellos fueron y son la enfermedad que mata en silencio y oculta la verdad, y los seguirán siendo si no se salva a la memoria, si no se dispara al olvido y a todo su horror escondido.